Aniversario, el primero y ya con tanto por celebrar

Hoy se cumple un año, un año de nuestra hija, un año de lactancia, un año de nosotros como papás y como pareja con bebé, un año de un descanso en mi vida profesional para dedicar tiempo a mi familia, un año en el que cumplí mis primeros treinta, un año de estar lejos de familia y amigos, lejos de nuestra comida tradicional y de nuestro idioma materno, un año de vivir en otro país que aunque nos ha brindado experiencias maravillosas, sigue siendo ajeno.

Y aunque se acerca el día de encontrar un espacio para reincorporarnos a nuestro lugar, este día no he podido mas que reflexionar sobre este tiempo. Sin duda ha sido una experiencia de vida muy enriquecedora y de vasto aprendizaje, difícil y abrumadora a la vez. En este año he aprendido mucho y recordado otro poco.

He aprendido que convertirse en padres es todo un reto. Reto individual intentando descubrir ese nuevo rol y tratando de entender y discernir quién es esa persona diferente que se refleja en el espejo después del nacimiento de un hijo; porque no es nada fácil (quien diga lo contrario, miente o peor aún, no es consciente del cambio), es un compromiso con nosotros mismos; un compromiso que implica re-conocernos y aceptarnos de nuevo.

He aprendido a convivir con una bebé que de principio era desconocida. Que los bebés ya nacen siendo alguien, cada uno es diferente, con una personalidad que irá mostrando y se irá enriqueciendo y como cualquier adulto tendrán características que nos gusten o no, y que nada tiene que ver el amor que les profesamos porque no está condicionado a ellas.

He aprendido que ser mamá primeriza (como nos auto-nombramos y nos suelen llamar), no significa estar haciéndolo mal, ni tiene porque demeritar el esfuerzo, que no es necesario encontrar la aprobación o reconocimiento de alguien más; porque las desveladas y la preocupación valen lo mismo con el primero y con el quinto; porque el instinto de madre nace con los hijos y crece de la mano del sentido común; porque nadie conoce mejor a mi bebé que yo.

He aprendido que ser padres además es un reto también como pareja, porque no importa si se habla mucho o poco de los hijos antes de tenerlos o de la idea de educarlos; no es posible siquiera afirmar nuestra reacción ante una situación dada; eso sólo puede saberse cuando se esta viviendo, así como todo lo demás. Que todos somos los perfectos padres de los hijos ajenos, aunque no tengamos propios. Que el apoyo tiene muchas formas de ser incluso más útiles que un consejo; porque los consejos a veces se dan, olvidando nuestras propias acciones. Que como todo proceso personal y este además en equipo, nos ha llevado tiempo entender lo que va pasando, acoplarnos a las modificaciones y al mismo tiempo ir disfrutando “sobre la marcha” de todas nuestras imperfecciones.

He aprendido que parte de lo maravilloso de los hijos es que nos ponen en jaque, nos llevan al límite, nos confrontan con nosotros mismos, con nuestras propias ideas, miedos, inseguridades, fantasías, deseos y pasiones, nos sacuden la monotonía, la costumbre, la desidia, nos agitan, nos motivan, nos mueven, nos hacen re-cordar lo que, por vivir apurados habíamos olvidado, lo importante de las pequeñas cosas, la maravilla de los detalles, nos re-despiertan la capacidad de asombro, nos re-direccionan y entonces nos hacen cambiar y tan sólo si se los permitimos, nos hacen mejores personas.

He aprendido que vivimos muy rápido, que el frenesí nos envuelve y muchas veces hace que empecemos a ser parte del problema y del estatismo y no de la solución ni del cambio, que es fácil perder el sentido de lo que verdaderamente importa, de lo que de verdad nos gusta. En nuestra prisa nos olvidamos de nuestras pasiones –si bien nos va, dejamos unas por otras–, olvidamos eso que nos hace vibrar.

He aprendido que lo académico no es lo más importante,  aunque amo y disfruto profundamente mi profesión y deseo retomarla, no es lo único que quiero en mi vida ni lo que más pesa en ella y no quiero dejar de lado todas esas otras cosas con las que también me siento plena.

He aprendido que no hay nada como sentir el viento en la cara y la grava en los pies, mientras doy una larga caminata con mis perros y mi bebé, que el estado del tiempo no es razón para que no me divierta, que igual de disfrutable es un día soleado que uno lluvioso que uno nevado, solo es necesario escoger la ropa y la actitud adecuadas para ello.

He aprendido que los primeros obstáculos de nuestras metas, están en nuestra mente. Que aplazar lo que queremos y aquello que vibra en nuestro corazón es el reflejo del miedo a reconocerlo, enfrentarlo y lucharlo. Que muchas veces ni siquiera nos permitimos pasar de la idea de emprender algo cuando ya lo condenamos al fracaso ¿Y qué es aquello que se logra, sin intentar siquiera?

He aprendido que –como bien dice una gran amiga– de nada le sirven a esta sociedad personas grises, mediocres, que vayan con la corriente, que sean una más, conformistas, tibias, con aquel miedo que paraliza, con la inseguridad que deja atrás; porque esta sociedad decadente necesita personas valientes que no teman enfrentar sus sueños, que se atrevan a ser los mejores en lo que hacen, que confíen en ellos mismos, que prediquen con el ejemplo, que ayuden al de al lado y que compartan su conocimiento, que se permitan brillar y que contagien de ese brillo a los que a su alrededor se encuentran. Que mantener un bajo perfil no es sinónimo de humildad ni modestia y tampoco hacer lo mejor que podemos es sinónimo de despotismo o prepotencia.

He aprendido que sólo tengo hoy para hacer lo que me gusta, para ser mejor que ayer, para estar con los que amo y que así lo sepan, para brindar consuelo o escucha, para recibir una caricia o un beso, para apapachar a mi hija, para pasear a mis perros; para forjar el recuerdo que de mi quedará, porque eso es lo único que dejaré a mi partida.

He aprendido que el Internet es una maravillosa herramienta con más información disponible de la que uno puede digerir pero que hay que ser selectivo, inteligente y cauteloso de lo que leemos, creemos y compartimos porque puede resultar en mera desinformación.

He aprendido que nuestra sociedad está plagada de etiquetas y ninguna nos define aunque así lo intenten. Nos enseñan que tenemos opciones limitadas para escoger lo que queremos ser y hacer y creemos que nuestras habilidades o torpezas son estáticas, como si el bueno del salón siempre fuera a serlo o si el torpe bailando nunca pudiera aprender y entonces nos conducimos con esa idea aferrándola a nuestro ser y efectivamente nos creemos los mejores –sin hacer nada– o nunca aprendemos a bailar. Pero no es así, en realidad se pueden hacer y ser tantas cosas como uno quiera en una misma vida porque los gustos, hobbies, deseos y sueños, afortunadamente, no son excluyentes entre si.

He aprendido que no necesitamos hablar para expresar, que hay que ser consientes de lo que sentimos y pensamos porque lo actuamos, sea positivo o negativo; y no hay mejor enseñanza que el ejemplo. Que la negatividad se contagia y la positividad también. Que los momentos de introspección son fundamentales de vez en vez para conocerme, para darme cuenta, para estar en comunión conmigo misma, para detenerme, pensar, escuchar, sentir, respirar, modificar de ser necesario y continuar.

He aprendido que ser niño ahora es muy difícil (no sé si antes lo era, supongo que mis padres pensaron lo mismo y mis abuelos con mis padres y así sucesivamente). Tener que cumplir todas las expectativas de los adultos, con la frustración de una serie de dobles y confusos mensajes, en donde esperamos de ellos lo que no les enseñamos y luego nos decepcionamos. ¡Qué difícil ser niño!

He aprendido que no sólo la leche se mama, sino también la educación y nos han enseñado que una acción nos define y así intentamos definir a nuestros hijos, los encasillamos, cortamos su versatilidad nata. Les mostramos que hacer bien las cosas implica un premio, de lo contrario un castigo y después queremos que escojan el camino adecuado únicamente por convicción. Nos olvidamos o ni siquiera nos interesa entenderlos, darles su tiempo y respetar sus procesos. Nos preocupamos porque coman de todo pero empezamos dándoles una papilla que incluye siete alimentos diferentes que ni siquiera nosotros seríamos capaces de identificar, ya conociéndolos. Les damos una interminable lista de “nos” –la mayoría absurdos– y les enseñamos que sus sentimientos, pensamientos y deseos ocupan siempre un segundo lugar y después esperamos que sepan lo que quieren y que escuchen a su cuerpo. Les enseñamos a obedecer sin objetar y a temer a equivocarse y después les pedimos que tomen decisiones de vida –de esas que ameritan valentía– y que sean independientes.

Si se caen no los sobamos para que sean fuertes, si lloran no los abrazamos para que no sean consentidos y dependientes, si hacen un berrinche no los contenemos sino los ignoramos, pero después esperamos que sean adultos empáticos.
Nos apura que coman, que caminen, que duerman toda la noche, que avisen, que lean, que escriban, pero no nos apura que jueguen, que exploren con todos sus sentidos aunque se embarren, que se rían hasta hacerse pipí; tampoco nos apura compartir más tiempo con ellos y darles toda nuestra atención en esos momentos –sin redes sociales o dispositivos digitales–. Queremos que se comporten bien en la mesa o en un viaje pero nunca los exponemos a eso “porque un pequeño no puede o no sabe” y esperamos que de grandes lo hagan y se sientan capaces, me pregunto cómo si ni siquiera lo han visto antes –por serendipia será–. Esperamos que jueguen en el patio y que no les interese la tele o la computadora pero los sentamos frente a ellas para que nos dejen tranquilos. Deseamos que nuestro hijo valore y respete a la mujer y que tenga amistades que perduren pero le decimos que por guapo tendrá a las niñas que quiera o por el nuevo juguete cuantos amigos se le antoje. Deseamos que nuestra hija esté situada en realidad y no busque un príncipe azul –de esos que no existen–, sino un hombre respetuoso y amoroso, pero nos dedicamos a condicionar lo que puede o no hacer y adecuar sus gustos de acuerdo a su género. Les pegamos y vemos películas de guerra o caricaturas pasivo-agresivas, pero nos alarmamos cuando le pegan a la hermana, insultan a la maestra o humillan al compañero de salón porque pensamos que cualquier tipo de violencia es indeseable.

La oscuridad no puede sacarnos de la oscuridad, sólo la luz puede hacerlo. El odio no puede sacarnos del odio, sólo el amor puede hacerlo.

Martin Luther King

He aprendido que para lograr un cambio en mi entorno, el cambio debe iniciar en mi interior. Que siempre hay que hacer algo nuevo, algo que nos haga salir de nuestra zona de confort y de lo que conocemos para mantenernos en movimiento, algo que nos permita crear, crecer y evolucionar. Que nada vivo es estático, lo estático se mimetiza con el fondo –como pintara Remedios Varo en 1960– y la vida es devenir constante.

He aprendido que quiero conocer tantos lugares como sea posible y mantener amistades nuevas y viejas; quiero probar los más sabores que pueda y tomar una copa a la luz de las velas sin apuros; quiero entrenar para participar en carreras con causa y tomar una clase para aprender a hacer chocolate; quiero cocinar nuevas recetas y sentarme a la mesa con mi familia; quiero momentos sola y otros acompañada; quiero que mi casa siempre huela a café al despertar y que los domingos veamos películas con una mantita sobre nosotros; quiero ejercer mi profesión y estudiar otra; quiero escribir sin parar e ir más al teatro; quiero coleccionar momentos junto a los que amo. Porque si hay algo que he aprendido sobretodo, es que lo más valioso para brindarle a alguien querido, aquello que perdura en la memoria y marca el corazón, aquello irremplazable que una vez perdido no vuelve atrás, es el tiempo compartido.

La vida es lo que te sucede, mientras estás ocupado haciendo otros planes.

John Lennon